¿Qué es necesario para filosofar? Creo que la pregunta, así planteada, es imprecisa. Filosofar es un verbo que implica un sustantivo con un significado muy profundo. Yo me refiero principalmente al hecho de preguntarnos sobre nuestra vida, nuestro lugar en el mundo y el sentido de nuestra existencia, y precisamente en estas tres cuestiones encuentro la respuesta a mi pregunta: para cuestionarme todo esto necesito estar vivo.
La certeza de la vida es una cuestión compleja porque se responde con facilidad, y eso es engañoso. Es engañoso porque la certeza de la vida se responde con la certeza de los sentidos; digo que estoy vivo porque mi organismo y mis sentidos así me lo indican; hay algo que funciona en mí, por lo menos aquellos elementos indispensable para que dicho funcionamiento me dé certeza de la vida.
Esta meditación es cartesiana y piedra angular de la reflexión filosófica con fuerte arraigo en el valor de la razón. En su primera meditación metafísica, Descartes insinúa una especie de silogismo, o por lo menos una formulación lógica sencilla, pero útil: «soy hombre y […] tengo costumbre de dormir» ([1641] 2022, p. 120). En sus sueños, dice, se puede representar las mismas cosas que experimenta en la vigilia y otras menos verosímiles. Las preocupantes son las primeras, pues, si es capaz de experimentar en sueños lo mismo que experimenta en la vigilia, ¿cómo puede distinguir entre estar dormido y estar despierto? Su conclusión es sublime: «al detenerme en este pensamiento, veo tan claramente que no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia, que me quedo atónito, y es tal mi extrañeza, que casi es bastante a persuadirme de que estoy durmiendo» ([1641] 2022, p. 121).
Que no haya «indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia» nos suscita, para la reflexión, un problema con tres elementos: la naturaleza de esos «indicios», su valor de «ciertos» y la «distinción» que su ausencia nos impide lograr.
Con respecto a los «indicios», tomemos la acepción lingüística literal, la que los asocia con un índice, con un indicador de algo. El humo a lo lejos es indicio de fuego o de combustión; es decir, hay una relación directa. No vemos el fuego extendiéndose en el cielo; vemos el humo que proviene del fuego y que nos indica que algo se quema; el humo nos permite inferir la existencia del fuego, aunque no lo veamos.
La naturaleza lógica de la relación entre lo «cierto» y lo «verdadero» es más compleja. Pero lo podemos simplificar proponiendo que lo cierto va más allá de lo verdadero, pues debe apegarse a la realidad y a la razón. Esto es lo que buscaba Descartes: un fundamento sólido que diera certeza de lo cierto y de lo cierto de la existencia, con base en un método cuyo instrumento sea la razón.
Así pues, queda claro que para Descartes nada de la realidad nos indica con certeza y corrección si lo que experimentamos es parte del mundo de la vigilia o de la ensoñación. Los sentidos y los indicios que perciben son por igual engañosos y no son capaces de procesar y «distinguir» si son reales o imaginarias, por lo que confiar en ellos es confiar en el engaño.
Me pregunto si no podemos aplicar esta misma reflexión a la distinción entre la vida y la muerte. Si nos atrevemos a algo parecido a «filosofar», nos hacemos preguntas necesarias para nuestra existencia, por lo menos para su comprensión.
La filosofía busca la vida, y con ella, busca también la muerte. Es decir: mediante la filosofía intentamos encontrar respuestas a nuestro paso por el mundo, con todo lo que esto implica, y nuestro paso por el mundo implica, necesariamente, un camino finito, un camino de vida que termina con la muerte, y la muerte es la única certeza.
Podemos dudar de la vida como Descartes duda de la realidad y de la verdad que le manifiestan sus sentidos. Podemos incluso afirmar que la vida nos engaña, como a Descartes sus sentidos. Pero no podemos dudar de que la vida termina, al menos, como dije al inicio, en su sentido biológico y material. El cuerpo humano y sus componentes son perecederos, al menos en su naturaleza. Artificialmente, podemos conservarlos y mantener algo de su apariencia, pero sin ánima, sin movimiento, sin expresión. Aunque el cuerpo se mantenga, ya no hay vida en él; estamos ante una manifestación material de la muerte.
La muerte se manifiesta de muchas maneras y muchas de ellas las podemos conocer y expresar; la única que no podemos expresar es la propia. Experimentamos la muerte como un acontecimiento de proximidad que compartimos con otras personas, pero nunca sabemos exactamente de qué se trata. Las preguntas de la filosofía se orientan, en este caso, a un callejón sin salida; solo los vivos pueden aproximarse a estas reflexiones y, a lo mucho, intuir ciertas respuestas a la pregunta de la muerte.
Por lo tanto, la vida no puede responder, sino las preguntas de su actualidad, es decir, de su manifestación y potencialidad. ¿Es esto real? ¿Es un sueño? ¿Estoy dormido o estoy despierto? Son preguntas asequibles si las comparamos con la siguiente cuestión oscura e inquietante: ¿Estoy vivo o estoy muerto?
Referencia
Descartes, R. (2022). Discurso del método. Meditaciones metafísicas. Austral.